Son muchas las cosas que uno puede anotar en la bitácora de vivir fuera del país en el que nació. Sobre todo cuando, como en mi caso, más que confort o el tan mercantil “paso adelante” lo que se salió a buscar fue todo lo contrario: abandonar la comodidad crítica de Santiago-lounge y encontrar una vocación política en un país que según todos los índices que en Chile nos gusta tanto conocer, está en un escalafón inferior de progreso económico.
Muchas cosas he ido anotando yo. Muchas otras ya me son tan inconscientes que no me da para anotarlas. Y si los amigos son siempre ese barómetro que nos permite mirarnos y saber cuándo la cosa se ha salido de control, pues esa posibilidad se anula al estar lejos.
A pesar de todo, he notado mi menor tolerancia. Me enojo más fácil por algo, y contesto más rápidamente también. Puedo tomar determinaciones fulminantes acerca de algo sólo por la rabia que me produce y sin pensarlo demasiado. Es la rabia tal vez la cuestión más fuerte a la hora de separar mis aguas.
Y me da rabia el ratonismo, la cuestión indirecta, no ser lo suficiente persona como para decir a la cara algo importante. El oportunismo y la gente aprovechadora. La fabricación de imagen cuando no se tiene nada que decir. El propio grupo social al que tengo la suerte, y nunca el mérito, de pertenecer.
¿Cómo conjugar con la ternura? Pues, se me pierde a ratos. Pero tan difícil no puede ser. Ternura es pensar en la posibilidad de algo distinto, donde no sólo esté yo y mi iphone imaginario; ternura es decir palabras de verdad, no trascripciones y muletillas en inglés sólo porque suena cul. Un millón de ternura en mi familia, la que me tuvo y la que empiezo a formar. Ternura infinita en los amigos, en cómo hemos crecido juntas; incluso en el enojo tan simbólica, real y profundamente amoroso de la amistad más honesta e importante que he conocido.
Ternura es despertarme a su lado todas las mañanas. Y saber que usted también está rabiosa por ese oportunismo, por lo decadente que algunos hacen pasar por cul.

